sábado, 18 de septiembre de 2010

Lo que nos hace admirables - Liebano Sanz, Milenio Diario, 18- Septiembre - 2010



Es indiscutible: el rostro de esta tierra no tiene gran parecido con aquel que encendió los ánimos de Hidalgo en 1810 e inspiró a Morelos a proclamar los sentimientos de una nación destinada a la grandeza. Tampoco es el mismo que cien años después despertó el coraje de Zapata y Villa, y lanzó a Madero a avivar el fuego de un movimiento que costó la vida de un millón de mexicanos idealistas.

No; el semblante que hoy vemos reflejado en los hombres y mujeres del siglo XXI, el espíritu de las tradiciones que defienden su espacio y su tiempo, la expresión de los ideales y las luchas cotidianas no son tan distintos, y tal vez aún no se encuentren tan distantes, pero nadie puede negar que han sufrido una transformación trascendental. Este rostro conserva, sí, su esencia, pero también revela en forma evidente las huellas de la madurez.

Cierto es que el recuento de los daños nos arroja una larga lista de pendientes, reflexiones que son verdaderos actos de contrición, reconocimiento de retos y desafíos, y el anuncio de nuevas batallas. Pero ¿quién dijo que un parto es cosa fácil; que evolucionar es un atajo simple o que la toma de conciencia pueda estar exenta de tropiezos a lo largo del camino?

Los festejos del Bicentenario nos sorprenden con cuentas pendientes y encrucijadas irresueltas. Muchos mexicanos no pueden evitar preguntarse: ¿qué festejamos? El desánimo, provocado por los hechos recientes y los no tan recientes en el país, la desesperanza que producen la violencia y la crisis de expectativas, tanta pobreza, pueden tentarnos a inclinar la cabeza. Sin embargo, en medio de esta difícil realidad que cobra vigor por ser próxima, cruda y dolorosa, emerge la fuerza de la historia y el poder de la identidad colectiva; esa identidad que en múltiples instantes del pasado se antepuso a intereses particulares y abrió paso a los vientos del progreso, que hizo frente a invasiones extranjeras, crisis económicas y políticas y hasta desastres naturales, y que supera por mucho los repliegues y descalabros propios del camino sinuoso que hemos transitado durante estos 200 años.

Que duelen las heridas, nadie lo niega, pero ningún dolor superará la satisfacción del paso adelante, del florecimiento y del progreso que nacen del esfuerzo de las mujeres y los hombres de México.

Mirar al pasado, más que una curiosidad estéril, es un descubrimiento y redescubrimiento de nosotros mismos, de nuestras raíces y de nuestro potencial. Es admirar nuestro patrimonio y recurrir a la memoria histórica para reencontrarnos con aquellas fórmulas que han sido efectivas e inmunes a la frustración; iniciativas lúcidas convertidas en logros indiscutibles que son motivo de orgullo y que incluso han provocado la admiración de la comunidad internacional y han ubicado a México como tradicional símbolo de respeto, tolerancia, solidaridad, honor y paz aun fuera de sus fronteras.

Nuestra nación no ha dejado de caminar, pese a los escollos y las inercias. Nos lo dice la Reforma de Juárez con sus leyes renovadoras que abrieron una nueva era en México; lo recuerda la primera gran revolución social del siglo XX; lo reflejan las garantías individuales y derechos sociales (libertad, libre expresión, educación laica y gratuita, profesión de culto, huelga, trabajo digno, etc.) que por primera vez en el mundo se plasmaron en una Carta Magna y que representaron una aportación al constitucionalismo internacional. Lo sabemos por lo que es y representa la UNAM, por el voto de la mujer, por el desarrollo de la industria, por la institucionalización de los procesos políticos, por la transición democrática y la alternancia pacífica del poder presidencial.

Y más allá del entorno económico y político, voltear la mirada hacia México en su corta vida bicentenaria siempre implica deslumbrarnos con el particular lenguaje de Siqueiros o la furia de Gerardo Murillo, el irreverente Dr. Atl, con todo y sus volcanes. Es envolvernos en la fascinación indígena de Diego Rivera o en la mirada surrealista de María Izquierdo o Remedios Varo. Es recrear el legado nacional y la grandiosa esencia mexicana a través de las formas de Tolsá, Soriano, Sebastián y Goeritz; de la prosa de Sor Juana, Alfonso Reyes y Martín Luis Guzmán; de los poemas de López Velarde, Nervo, Acuña, Sabines o Paz; de las novelas de Fuentes, Rulfo, Pacheco y de Del Paso; la frescura narrativa de los textos de Mastretta, la gracia de Catón, las crónicas urbanas de Monsiváis, el seguimiento histórico de Krauze.

Es también repasar lo que hemos sido bajo la perspectiva de una pantalla guiados por Buñuel, Fernández, Figueroa, González Iñárritu, Del Toro o Arriaga. Es confirmar lo que podemos ofrendar al mundo de la mano de nuestros premios Nobel, Paz, García Robles y Molina.

Mirar a México es perdernos entre los espacios y los colores de Barragán, O’Gorman, Pani, Zabludovsky, Legorreta, González de León, Norten y Romero; enorgullecernos de las composiciones de Ponce, Revueltas, Moncayo, Chávez y Márquez; regocijarnos en las dulces armonías de Grever, Curiel, Esperón, Carrillo, Codina, Velásquez, Lara y Manzanero, sin dejar de desahogar el corazón con las letras de José Alfredo y Juan Gabriel.

Reconocer su pasado y dignificar el presente es lo menos que merece una tierra que nos agasaja todos los días con gastronomía vasta, cultura milenaria, naturaleza espléndida, riqueza étnica, tesoros artísticos, alma férrea, colorido, fe, tradición, leyendas, piedras que hablan y gente que domina magistralmente el arte de disfrutar la vida y el simple placer de deleitarse con la calidez de una reunión familiar.

Hoy, más que nunca antes, el gigantesco patrimonio que nos ha sido legado exige que hagamos conciencia y que convirtamos a la tolerancia y al respeto en nuestro mejor arte; a la conciliación en nuestro más grande objetivo.

Más allá de las cifras, de las estadísticas y de los datos que registran las notas periodísticas, lo que habla por esta nación es su fortaleza, su entereza, el brío, el valor, la energía y la tenacidad cotidiana de sus ciudadanos. Y este país que hoy festeja y celebra nos grita a los cuatro vientos que quiere seguir contando con mexicanos que defiendan sus ideales.

Así que esta vez es hora de preguntarnos ¿qué rostro queremos mostrar en el siguiente siglo? ¿En qué espejo de nación queremos que se reflejen las caras de nuestros hijos y los hijos de éstos? Retomemos lo que a los mexicanos nos hace admirables.

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